Los alimentos ultraprocesados, aquellos con alto grado de modificación industrial y la incorporación de aditivos como emulsionantes, colorantes y potenciadores de sabor, han cambiado los patrones alimentarios contemporáneos. Su popularidad creciente por, su larga vida útil visible en la fecha de vencimiento y el llamativo sensorial han ayudado a su consumo masivo, especialmente en ambientes urbanos, reemplazando gradualmente a los alimentos frescos y mínimamente procesados.
Sin embargo, diversos estudios apuntan a que la ingesta frecuente se asocia con un mayor riesgo de enfermedades crónicas como obesidad, diabetes tipo 2 y trastornos cardiovasculares, no solo por su aporte nutricional desequilibrado, sino también por su impacto en los mecanismos de saciedad y en el microbiota intestinal. Esto no solo plantea desafíos importantes para la salud pública y la educación alimentaria en el siglo XXI, sino también un desafío individual para el cambio de estilo de alimentación.
